Las hojas caen despacio
sobre el Nervión callado.
El aire huele a cambio
pero no a despedida, amado.
Tu abrigo roza el mío
mientras cruzamos el puente.
No decimos nada urgente,
solo estamos presentes.
No todo lo que cae
se pierde.
Bilbao en otoño dorado,
la luz cae horizontal.
No hay verano encendido,
pero todo es más real.
Si el amor madura
cuando aprende a cambiar,
Bilbao en otoño dorado…
me enseñó a soltar.
El Guggenheim refleja
un cielo más tenue que ayer.
Tu voz suena más baja,
pero sabe sostener.
No buscamos intensidad
ni promesas de abril.
Solo este paso firme
que aprendió a resistir.
El otoño no grita,
pero transforma.
Bilbao en otoño dorado,
sin fuego ni tempestad.
Las hojas crujen suaves
como nuestra verdad.
Si el amor se vuelve lento
y no deja de latir,
Bilbao en otoño dorado…
me hizo seguir.
He amado bajo veranos
que ardían sin pensar.
He temido a los inviernos
que no querían terminar.
Pero el otoño es distinto,
no rompe, no empuja.
Solo cambia los colores
de lo que ya se escucha.
Si lo nuestro ya no es vértigo
pero tampoco es final,
entonces es más profundo
que cualquier señal.
No quiero quedarme en agosto
si puedo crecer aquí.
Prefiero este dorado suave
que me deja elegir.
Y si las hojas vuelven
a caer otro año más,
sabremos que el amor
también sabe cambiar.
Bilbao en otoño dorado,
el río empieza a brillar.
No es el sol de verano,
es otra forma de amar.
Si el amor se vuelve maduro
sin perder intensidad,
Bilbao en otoño dorado…
me enseñó a quedar.
Las hojas caen.
Nosotros no.
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